Sigo siendo el Rey





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-      He andado por caminos borrascosos. Áridos. Agrestes.
Empinados y en barrancos sin fin.
He recorrido muchas millas, leguas, kilómetros, he distinguido desde cada milímetro, centímetro…Cada paso que he dado lo he calibrado…Desde que me pasó aquella desgracia qué prácticamente  hizo un desliz en mí vida. (Qué no viene al caso relatar…Discúlpame.)
¡Son cosas mías! Y por favor no lo tomes a mal, pero es que he tenido una existencia un tanto accidentada.
(Y no por culpa tuya, ha sido mi destino.)
No cómo tú, que siempre has vivido en la tranquilidad de tus días.
(Y no me mal interpretes, no es que te esté echando nada malo en tú cara, cómo tampoco en tu vivencia. Sólo lo digo, para de una forma u otra hacerme una especie de catarsis: Sólo para mí.) – Antonio decidió no hablar mas ya que sus palabras con toda seguridad, iban a causar un efecto contrario a todo lo que sentimentalmente quería decirle  a  su  amiga Cecilia.
En efecto, ella no supo interpretar la posición de él, por lo que reflejaba su rostro.
No obstante, calló. No sin antes, mirarlo con cara de asombro.
Y esto lo perturbó profundamente.
-      Me imagino que tú sabrás lo que me has querido decir… - Le dijo de una forma un tanto sarcástica. Pero en lo mas profundo de su ser femenino, daba la impresión de censurarlo, no con sus palabras, pero si con sus hechos.
Y esto lo percibió. Y comenzó a acusarse a sí mismo.
Con la seguridad de que fue muy mal interpretado.
No obstante, prefirió seguir el curso de los acontecimientos.
-      En ocasiones, ustedes los hombres hablan y hablan…Y no dicen nada…Positivo. – Soltó ella sin previo aviso, sus palabras le resultaron muy hirientes, a su manera de ver las cosas. Por lo que le susurró…
-      No fue esa mi intención.
-      ¿Y cuál habrá sido la intención del señor…?
-      …Pues ahora que me lo pienso…Ninguna. ¡Y te pido mil disculpas!
Son cosas “de hombres” cómo tú bien dices.
¿Cómo hago para borrar el efecto que te produjeron mis palabras…?
-      Ya lo dicho, no puede ser borrado. Lo dijiste ¡y ya!
Y no sé, ¿para qué me las dijiste? – Por su forma de responder, el hombre entendió que ya estaba en desventaja. Y pronto vendría la familia de ella, y con toda seguridad se darían cuenta de la contrariedad existente entre ellos.
Pero ya las cartas estaban echadas.
Tan solo le quedaba esperar a ver qué rumbo tomarían estos acontecimientos.
Pero ciertamente, él tenía muchas razones, pero no se atrevía a expresárselas…Por la forma de ser de ella misma.
En ocasiones anteriores, él había tenido alguna clase de roce, no con ella misma, si no con sus familiares. Cuestión de percepción.
Como solía decirse él mismo. No calzamos. Se repetía cada vez que se producía algún tipo de roce.
Y en su intención de no agriar aun mas, prefería obviarlos.
Era una situación un tanto enojosa para él, pero por el amor que sentía por ella, lo soportaba. Aunque su familia…No.
Le daba la impresión de que él no era del agrado de ellos.
-      Ya sé a qué vienen tantos resabios tuyos… - Le sentenció sibilinamente mientras hacía que estaba arreglando la sala de su casa    -ya los suyos no tardarían en llegar-   pero no se amilanó por esto, al contrario, se dirigió muy furiosa ante su compañero de vida y le increpó…
-      Tú no aceptas a mi familia…
-      Pienso que es al contrario.
-      Ellos ni te nombran.
-      Será por eso que no me toleran. – Le dijo ya resuelto a enfrentar lo que en épocas anteriores prefería omitir.
Ella lo miró con mirada de reproche y sin detenerse, continuó…
-      Lo que pasa es que tú no quieres a mis hijos…
-      Tú tampoco aceptas del todo a los míos… - Esto encendió aun mas su rechazo a lo que ella le refutó…
-      ¡Ellos son los que no me aceptan a mí! – Visiblemente molesta, le dio la espalda y se fue de la habitación. Él prefirió quedarse en el mismo sitio, mientras escuchaba como ella tiraba cuanta cosa se le atravesase por su camino.
Pasaron muy breves momentos cuando llegó su familia y ella salió a recibirlos como si nada malo estuviese pasando.
Y su sorpresa fue mayor al ver que entre los suyos…Vino su primer novio.
Algo en ella, se aceleró. Quiso disimularlo…Pero cuenta se dieron…
Él también notó todo. Pero tampoco dijo nada.
Todos vinieron gozosos y al pasar junto a él…Pero se hicieron “que no lo habían visto” 
También de esto él se dio cuenta. (También ella, pero ruborizándose, nada dijo.)  
Al sentirse relegado por todos. Comenzó a empacar sus cosas.
Y eran muchas, ya que habían vivido juntos varios años.
Pero ya el momento de irse, lo habían signado.
En silencio, comenzó a llevarlo a su carro. Todos se percataban de que ya se iba…Pero se hicieron los disimulados.
Y cuando ya tenía todo en su vehículo, escuchó a la madre de su pareja, que decía…
-      No te preocupes. Hombres es lo que sobra. – Sintió algo muy confuso muy dentro de sí. Y esperaba que su mujer, fuese a hablar con él.
…Pero transcurrieron intensos minutos…
Abrió el portón. Encendió su coche, se acomodó…Y partió.
Primero…Muy despacio. Y para cuando ya había salido.
Se bajó y cerró el portón.
Y fue cuando escuchó una estridente musiquita… “¡Pero sigo siendo el Rey!” - Sinónimo de su despedida.
Una lágrima furtiva se le dejó rebosar en su rostro.
¡Tanto luchar…! ¿Y para qué…?
Un dejo de tristeza lo embargaba, pues la seguía amando.
Pero partir debía.
Y muy profundo de su mente, volvió a escuchar:
“No te preocupes. Hombres es lo que sobra”  - Y sintió mucha pena.
















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-         Porque uno nunca debe entrar a estos predios, sin antes conocer sus sendas.
(Eso que han hecho ustedes…No está bien.) Es de pésimo gusto, venir a “turistear” en sitios en donde no se conoce…
- El muy antiguo señor se expresaba de la mejor manera que podía. Y es que hasta cierto punto se encontraba indignado, ya que estos personajes estaban entrando a su mundo, sin antes haber pedido el muy necesario plácet.
¡Claro está! Que el que no conoce es como el que sin saber nadar se mete a aguas profundas. No está bien, repito. - Iván cometió esa imprudencia y empeoró al llevar a su novia Ester. Ambos son citadinos.
Y  se habían adentrado selva adentro.
Sin entender que a cada paso que estén dando, sus vidas corrían peligro.
Una suave brisa trató disipar la amargura de aquel ser, que sabiendo en el peligro en que estos dos se habían metido.
Bajó su cabeza, se quitó el amplio sombrero de paja, ya marchito por tanto uso. Sacó un trapo sucio, y se lo pasó con parsimonia sobre su bifurcada frente.
Una y otra vez hizo estos pases, mientras meditaba.
Analizaba y sopesaba, ante la impávida mirada de aquel joven, que se encontraba atrapado y sin salida.
Un ligero temblor le surgió por su sudada espalda.
Y trató de minimizarlo ante su bella acompañante.
…Pero ella entendió muchas cosas, aún antes de que su pareja lo hiciese. Sólo que prefirió no decir nada.
Pensando que si se lo decía, quizás este se sintiese ofendido…Y por eso, aguardó en la espera de que tan sólo fuese producto de su mucho celo.
El joven se mordía su lengua.
Sus labios se movían con sumo nerviosismo.
Sin encontrarle la lógica ante la enfurecida arremetida que ese baqueano ya pasado de años, le trataba de hacer ver.
Sólo que el…No entendía del todo.
No obstante, por respeto a los años de este personaje…
Prefirió no alargar ese momento tan espeluznante para él.
El lugareño comenzó a mover su enorme cabeza de un lado a otro. Dando la impresión de cierta incomodidad.
Y de repente, se le quedó viendo de frente, con una mirada inquisidora. Acusadora.
Y respirando con cierta incomodidad, le dijo…
-         No puede andar como si estuviese en su casa.
Esta es “mí casa” Mi lugar en el que solo yo puedo andar a todo placer, los demás, tienen que pedir permiso.
Y esperar a que se lo den. – El chavalo le respondió tratando de no aumentar el nivel de incomodidad y susurró…
-         ¿Y a quién hemos ofendido nosotros…?
No creo que por andar por aquí, hayamos perturbado la paz, en ningún lado. Pienso…Y me disculpo si con nuestra presencia, lo ofendemos… - El otro comenzó a mover su sombrero con cierta indulgencia…
-         Mire joven. Para que nos entendamos.
En estos sitios…Viven muchos seres.
Legiones de habitantes…Digámoslo así…Para no ofender la santidad de estos lares. – Y le hizo señas con sus manos para indicarle que tratara de hablar lo mas bajo posible.
-         Aunque usted no los vea. ¡Ellos lo ven!
Y aunque no los oiga…Ellos lo oyen. Son muchos.
Inmensos y de todos los tamaños y formas.
En algunos casos, se molestan cuando ven a gente extraña. Cuando pisan, por donde no deben hacerlo. Arrancan ramas. Hojas. Tallos. Y todo lo que usted ve: Tiene vida propia.
Y ellos sienten. Les duelen el mal trato que reciben de personajes como ustedes dos.
Y lo peor: Ustedes nunca se enteran.
¡Pero cuando ellos se enfurecen…! Arde todo a su alrededor.
Ellos toman la Ley por su propio indicio.
Y no hay poder humano que los pueda contener. – Aplacó sus palabras y trató de explicarse mejor.
-         Es como…Digamos que yo vaya a su casa.
¿A usted le gustaría que yo entrara a su residencia, y dispusiera de sus cosas…?
-         Por supuesto que no.
-         Ellos mismos opinan lo mismo. Y sin embargo, usted se los está haciendo a ellos…
-         ¿Y quiénes son “ellos”?
-         Mire jovencito… - Le dijo lo mas bajo que pudo, pero con mucha intensidad.
-          Todo lo que ustedes ven…Es inmensidad. ¿Cierto?
-         Si.
-         Pues todo tiene vida. Sienten. Sufren. Se interrelacionan entre ellos mismos y sus vecinos. Hay una armonía perfecta. Todos nos conocemos y nos toleramos. Pero; cuando vienen seres como ustedes…Qué no respetan.
Que irrumpen en forma grosera, sin el debido permiso…
¡Eso no está bien!
-         Perdonemos señor… - Adelantó ella desde su posición, detrás de su amado. Él centenario la miró de frente, y ella sintió la fuerza de su presencia, y por instantes sus rodillas se le aflojaron. Tragó fuerte y buscó apoyo en su hombre, tomándole de sus manos.
-         Mi consejo: Váyanse. Pero ya mismo…Porque si no lo hacen; algo muy malo les podrá suceder… - Y casi terminando sus palabras, una suave fría, se lo fue llevando.
Pronto su figura que estaba tan clara y nítida, se le volvió etérea.
El sol eclipsó de improviso.
Un fuerte rayo surgió con una fuerza inaudita.
Rasgando el cielo y produciendo destellos de luz y de oscuridad absoluta. Pronto la soledad se les hizo patente.
Los dos jóvenes no lograban atinar a qué se debía todos esos cambios tan bruscos.
…Pero una fuerza invisible, pero muy arrolladora, los tomó y los elevó…Y cómo si estuviesen en una alfombra voladora…Los tele transportó muy lejos…
Y para cuando tuvieron noción de todo…Se encontraron sentados en su propio carro. Y sin comentar nada entre ellos…Prendieron el motor y se fueron a toda velocidad.











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